Uno más uno siempre da
dos, o por lo menos, eso es lo que nos enseñaron desde chiquitos en el colegio.
La matemática no tiene problemas de exactitud pero cuando se trata de
relaciones humanas las premisas se ponen dudosas. A veces cuando una persona se
intenta sumar a otra, siguen siendo unidades separadas que no forman pares. Tal
es el caso de Amanda.
Amanda desde que conoció
a Benjamín por más que intento adherirse siempre siguió siendo una, bueno...en
algunos momentos llego a ser uno y medio, o lo que es peor, en otros llego a
ser solo un medio.
Amanda no se daba por
vencida, convencida de eso que le habían enseñado de tan chiquita, seguía sin
entender como era posible que al intentar unirse no consiga tal resultado. Tuvo
varios artilugios, el más importante fue explicarle a Benjamín las
consecuencias que tenían la falta de presición a la hora de sumar: por un lado sus
sentimientos de soledad seguidos de frustración y por otro, que era imposible
pasar a operaciones más difíciles como la multiplicación. Pero así y todo, (y supongo que también influencia por el
paradigma de la repetición como modo de enseñanza de la escuela) seguía
intentando.
Por suerte o por
desgracia, porque simplemente la vida es así, llego el día en que Amanda pudo
entender que no siempre uno más uno es dos. Hasta pudo descubrir que a Benjamín
le pasaba lo mismo, que los dos estaban en diales diferentes y no se podían
encontrar en la misma sintonía. Entonces, capaz por el momento, seguirán siendo
uno a la espera de encontrar la otra unidad parecida para terminar formando el
par que necesitan.
No hay comentarios:
Publicar un comentario