Será que un poco de mis rasgos
obsesivos me hace prestarle atención a los números que imaginariamente tiene
fuerza o vienen con impronta propia. Veinticinco no es nada más y nada menos
que un cuarto de siglo. Veinticinco es la edad que tenía mi vieja cuando me
tuvo a mí. A los veinticinco pensaba de muy chica, que iba a estar casada,
recibida, con mi casa y ¿porqué no? esperando un hijo. O sea, veinticinco es
veinticinco. Qué presión tenían o tienen ¿los qué? los veinticinco.
Más análisis psicológico o
matemático a lo simbólico de este número sería entrar en un juego sumamente
absurdo y por de más ridículo. Es más hoy en día, llegar a los 25 sin hijos,
sin matrimonio y sin casa propia es tener todas las posibilidades para apoderarse
del mundo. Digamos es tener no tantas responsabilidades, que por engaño o
conformidad, nos baja las ansiedades.
Pero cómo me encontré después de
soplar dos decenas y medias de velitas: histérica, confundida, rara, pánicosa, nerviosa,
insostenible, sensible…perdida. Me exploto una crisis de interrogantes que a lo
único que me condujeron es a estar cada vez más acorralada. Petrificada como un
susto inesperado. Convencida por el horror de la nada misma con una angustia
desconocida. Como viviendo un sueño donde se corre muy velozmente escapando de
no se sabe que, para terminar al borde de un abismo y ahí justo por caer
preguntarse de que se huía.
Pudiéndole poner palabra a todo
este abanico de sensaciones, seguía o sigo sin entender cual fue la necesidad de
la invasión de cuestionamientos existenciales. Sin tener tanto para
replantearme o si, sé que me encuentro esclava solo de mis decisiones pero
también alerta de las múltiples posibilidades que ofrece la extravagancia, bah!
que ofrece la locura pasajera (o eso espero).
Una vez delimitada la crisis en
la que me encuentro amaniatada, una vez adueñada del desequilibrio y
despertando lentamente del trance, una vez que me empiezo a adecuar a algunas
revelaciones…de algo si vuelvo a estar segura, que el resto de los años que me
quedan, sean muchos o pocos, solo valen si es en felicidad.
Entonces nuevamente me encuentro,
buscando-me, explorando-me, perdiendo-me y encontrando-me, para ser feliz. Para
que simplemente y nuevamente en otros veinticinco años me vuelva a preguntar y
me encuentre, buscando-me, explorando-me, perdiendo-me y encontrando-me, en lo
mejor de los casos, para ser feliz.
Y eso sea poco o sea mucho, me
produce alivio y a mi manera me hace creer que voy por buen camino.
No hay comentarios:
Publicar un comentario